Hace solo unos pocos años, parecía que los discos duros estaban destinados a la extinción tanto como los dinosaurios, pero la realidad ha sido muy distinta: siguen utilizándose en multitud de escenarios y la crisis de la memoria ha vuelto a darles muchos focos.
Y es que si bien todos tenemos claro que el sistema operativo, los juegos y las aplicaciones más pesadas deben instalarse siempre en un SSD para que el equipo no tarde una eternidad en arrancarlos, aún quedan muchos casos en que un disco duro no solo es suficiente, sino incluso mejor idea, especialmente si tenemos en cuenta los precios actuales de HDD y SSD.
A la hora de usar dispositivos externos o internos de almacenamiento multimedia siguen siendo una opción mucho más barata y totalmente funcional: para reproducir vídeos no hace falta más, ni siquiera si estos son de resolución 4K nativa.
Sin embargo, los HDD son más complejos de lo que parece: hay una gran cantidad de características que el gran público desconoce y tienen un gran impacto en su rendimiento y experiencia de uso. Fíjate en estas cosas al comprar uno:
Lo más importante: SMR o CMR
Esta característica es esencial a la hora de hablar de discos duros y es, a la vez, la que más incomoda a tantos fabricantes, que procuran dejarla lo menos visible posible en todas sus hojas de características: si se trata de un dispositivo SMR o CMR.
El SMR corresponde a las unidades de grabación magnética convencional de siempre, en que cada pista de información se graba en el plato de forma independiente. La grabación magnética superpuesta o SMR corresponde a un tipo de grabado distinto, en que las pistas de datos se superponen ligeramente entre sí como tejas en un tejado. Se trata de un método que permite almacenar más información en la misma capacidad, pero como imaginarás, tiene inconvenientes.
Esta tecnología de escritura continua obliga a reescribir datos en las pistas adyacentes al almacenar, lo que llega a frenar muchísimo todo el proceso. Si va a ser un disco que uses sin mucha frecuencia no es problemático, pero si planeas usarlo a menudo, como en un NAS, es una muy mala idea usar uno de estos dispositivos.
Densidad superficial y rendimiento sostenido
Estos son otros dos puntos que pueden influir mucho en la experiencia. La densidad superficial se refiere a cuántos datos entran en el disco por cada pulgada cuadrada o unidad de superficie elegida. A más alta la densidad, más velocidad secuencial de lectura y escritura, con lo que si dudas entre varios modelos, este puede ser uno de los factores decisivos de elección.
Por otro lado, hay que diferenciar la velocidad de escritura según si se trata de labores sostenidas o de ráfagas cortas de transferencias. Las cosas como son, en un uso común, lo normal es que estemos casi siempre ante ráfagas cortas: los programas no tardan tanto en instalarse y lo mismo ocurre incluso al transferir puntualmente archivos pesados multimedia.
Pero si buscas un rendimiento más estable y sostenido para tareas intensivas, esto se vuelve mucho más importante: no te fijes en la velocidad máxima tanto como en la sostenida, algo que a menudo solo se puede comprobar en reseñas y análisis en profundidad por parte de usuarios.
Durabilidad
Aunque todos los discos duros (y los SSD) tienen una vida útil limitada, no todos los modelos son iguales. Con los HDD se suele hablar de MTBF, que corresponde al Tiempo Medio Antes del Fallo.
En la mayoría de dispositivos diseñados para el uso doméstico este suele encontrarse en torno al millón de horas, aunque los de oficina, de mayor durabilidad, pueden llegar a ofrecer hasta el doble.
Aún así, esto a la práctica significa poco: la tasa de carga de trabajo, que es la cantidad de TB de datos que el disco es capaz de manejar por año, resulta una medida mucho más realista de lo que podemos esperar del disco. Fíjate en esto último.
Sigue todas estas indicaciones y podrás elegir un disco duro que se ajuste más a lo que esperas realmente de su rendimiento, sin llevarte sorpresas desagradables de última hora.
